"Soy una inútil", escribió varias veces en una hoja de cuaderno, la hija de una señora que había acudido a una conferencia que yo pronunciaba. Al voltear la hoja pude leer otra frase, tan contundente y peligrosa, como la primera: "Soy una idiota". También estaba repetida tantas veces como el pedazo de papel las soportó.
La madre estaba perpleja. Quería que yo le diese mi opinión sobre el pensamiento de su hija, que no alcanzaba los 18 años de edad y cursaba estudios secundarios. En los rasgos de su caligrafía podía traslucirse un sentimiento de soberbia; parecía estar atravesando una de esas crisis que suelen enfrentar los muchachos.
Además de las dos severas sentencias - atentatorias contra su autoestima- la joven no comprendía que se había programado mentalmente para hacer de su vida un sendero infernal. Eso le dije a su progenitora. Me extendí en pormenores; tanto que me llevó casi una hora analizarla situación.
Al cabo de aquella sesión vine aquí a escribir estas líneas. Y creo que hace falta que también usted, amable lector (a), sepa lo que ocurre cuando usamos ese tipo de lenguaje respecto de nosotros. Toda palabra que pronunciamos es el reflejo de un sentimiento.
Y todo sentimiento es aquello invisible, pero poderoso e inocultable, que abrigamos en lo profundo de nuestro ser. Lo que decimos (tanto de nosotros como de otras personas) refleja lo que pensamos y sentimos. Esos "decretos mentales", como son llamados, cobran dimensión exacta de lo que significan. Lentamente se convierten en realidad. De tal suerte, nos destruyen o nos elevan a dimensiones superiores.
Muchas personas usan, a diario, afirmaciones que lastiman su amor propio; y que degradan su condición de seres humanos creados por una Inteligencia Divina (por tanto, hechos a su imagen y semejanza).
Quizás incurren en ello por ignorancia de lo que acontece con sus aseveraciones verbales. O quizás lo sepan pero lo olvidan al caer presas de algún arranque de soberbia o de frustración. Sea cual fuere el caso, lo cierto es que se programan erróneamente. Y cuando los resultados de tales decretos destructivos se vuelven realidad, aquellas personas se escandalizan.
¿Por qué me ocurre esto a mí?, preguntan. ¿Qué habré yo hecho para merecer esta desgracia?, sostienen. ¡Nadie más que ellas mismas han auspiciado que esa nueva situación ocurra!
No saben -u olvidan- que las palabras tienen inmenso poder; son mágicas. Se convierten en materializaciones en torno nuestro, con el paulatino correr del tiempo. Porque toda palabra equivale a vibraciones de magnitud negativa o constructiva, según su significado, que se entremezclan con la gran energía del Cosmos, al que todos los humanos estamos conectados.
Al producirse las repercusiones de sus vibraciones correspondientes, se transforman en hechos reales. A eso se añade la fe que dichas personas tienen respecto de sus afirmaciones; lo creen y lo ven cumplido. ¡Parece teoría inverosímil! Pero así es. ¿Quiere hacer la prueba?
Sabido todo esto, ¿no es más inteligente tener cuidado con las palabras que pronunciamos a diario? ¿No sería más prudente y conveniente para nuestro futuro emplear sólo expresiones afirmativas que denoten optimismo, entusiasmo por la vida, gratitud y reconocimiento? Estoy convencido de que sí. No han sido pocas las situaciones que he visto tomar forma a mi alrededor por mentalizaciones equivocadas del pasado, tanto en mí como en personas cercanas a mi vida.
Somos, definitivamente, lo que pensamos que somos. Si vivimos convencidos de que no merecemos las mieles del éxito; que estamos condenados a cargar con un fardo de desgracia sobre nuestra mente y nuestros hombros, ¡eso será lo único que podremos exhibir como fruto de nuestra existencia! En tanto, los demás, los que piensan con optimismo y se enfrentan a los retos del mundo, producen cosechas suculentas porque sus mentalizaciones han sido creativas respecto de sí mismas.
¿Está usted dispuesto(a) a modificar aquello que deba ser modificado si acaso su pensamiento es autodestructivo? O ¿proseguirá usted en el empeño de causarse más daño para después echarle la culpa a los demás de lo que le ocurra? El destino está en su mente; el hoy y el mañana son ondas sonoras que vibran ahora, en cada pensamiento y en cada palabra que pronuncie sobre usted mismo.
