Por: Francisco A. Gómez Cabarique
Recordemos hoy a Don Marco Aurelio Serrano Serrano, poeta lírico que nació en Zapatoca en 1868 y murió prematuramente en Sutatenza en 1905.
Marco Aurelio crece en la heredad de sus padres y de ahí que sus primeras impresiones vitales para su poesía sean las que le deja el campo, sus paisajes y las sencillas gentes que transitan como el agua del arroyo, sin horarios, por caminos espinosos, con su sonrisa al hombro y un puñado de sueños elementales en las manos encallecidas por el arado y la constante siembra.
En la Revista bumanguesa "Lecturas" nos dejó parte de sus composiciones literarias, al igual que en la "Revista Santandereana' fundada por él en asocio de Jorge Wilson. Colaboró también en la "Revista Gris" que dirigía Max Grillo en Bogotá.
Hay un bello poema que es el eje de su espíritu de poeta: "Crepuscular" en donde Marco Aurelio a través de su poesía se manifiesta como un gran conocedor del idioma. Pone su afán en la frase bien construida, en el verso perfectamente estructurado y, sin ser clásico, de principio a fin mantiene un ritmo propio de quien conoce el divino oficio de dialogar con las musas.
Deleitémonos con su poema:
La luz del occidente
con pálido fulgor, la tarde baña
y dora con su rayo el sol poniente
el lejano perfil de la montaña.
En cascadas como hebras,
desbaratan su curso los raudales
y lamiendo en la orilla los zarzales
bajan del monte por las hondas quiebras.
Arrastra el remolino su corriente
ondulando del valle por la alfombra,
el río, como faja reluciente
de ceibas y palmeras a la sombra.
Sobre el pajizo techo
juega el humo en azules espirales;
la madre oprime al niño contra el pecho
y aguarda al labrador que satisfecho
se acerca de la choza a los umbrales.
No se oye el hacha entre la selva hojosa,
Que ya la hora del descanso llega;
Y los bueyes con marcha perezosa
bajan del monte a la fecunda vega.
El crepúsculo avanza y cubre el cielo
dándole un tinte pálido y sombrío;
lleva la brisa aromas en su vuelo
y el rumor melancólico del río.
En la vecina aldea
da el toque de oraciones la campana,
como queja recóndita y lejana
que vibradora en el espacio ondea.
Ultima voz con que se aleja el día,
nota que el alma a meditar entrega,
y lleva el corazón melancolía
cuando la noche su crespón despliega.
Algo desconocido siente el alma
al llegar esa hora, siempre nueva,
y a ese concierto de armoniosa calma
de todo el mundo algún acento lleva:
en el aire, el clamor de la campana,
en el valle, la brisa con su aroma
su dicha o su dolor el alma humana,
y sus tiernos arrullos la paloma;
la pampa solitaria
donde encuentra algo triste el pensamiento;
la vieja ermita donde gime el viento,
el candoroso niño en su plegaria,
y entre la selva ocultos trovadores
que en cada nota lanzan un gemido:
palabras y rumores
que los entiende el alma, no el oído.
Como gasa sutil sobre los montes
tienden su manto vaporosas nieblas
y vienen a estrechar los horizontes
densas y presurosas las tinieblas.
De la sombra los genios voladores
el mundo cruzan con furtiva planta,
se apagaron del sollos resplandores
y el astro de la noche se levanta.
