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DESPUÉS DE UN TIEMPO

Saulo Toledo Plata

Saulo Toledo Plata

Director

'Hay una modalidad en el Zapatoca, que es como una sublimación del alma santandereana: esa tendencia a superar, por cultivo mental, las condiciones de vida en que fuera colocado". Así escribía el Dr. Rafael Gómez Amorocho al referirse al Zapatoca de entonces, cuando sin desprenderse de su terruño, sin abandonar el campo, buscaba superar cada día sus conocimientos y desarrollar su inteligencia sin que se lo impusieran.

Qué bueno que la juventud de hoy leyera la historia de tantos coterráneos ilustres que nos antecedieron y tratara de descubrir que su prestigio fue alcanzado solamente por esfuerzo propio, porque buscaban mantener el orgullo que habían heredado, de sentirse zapatocas. Esos abuelos que noche a noche dejaban resbalar por sus dedos las cuentas del rosario, sabían de sobra que para perpetuar su prestigio no bastaban el trabajo y la vida hogareña, sino que era necesario capacitar a sus hijos en las lides de la inteligencia.

Eran conscientes de que así como ellos habían podido vencer lo indomado y la esterilidad de los riscos para producir el sustento, sus descendientes podrían romper el cerco de las dificultades para capacitarse y ser superiores a ellos.

Sin lugar a equivocarnos podemos afirmar que la mayoría de los estudiantes hoy solamente buscan obtener un diploma, pero no hay ese deseo de superación, de investigación, de descubrir por sí mismos. Hay conformismo con lo que se aprende en el aula, por el convencimiento de que eso es lo que manda la ley y que con esos conocimientos basta.

Y con ese criterio la juventud permanece estática, el desarrollo se estanca y no se progresa sino que se retrocede. Prueba de ello la conferencia reciente que programó el Centro de Historia, a la que fueron invitados los alumnos de los dos últimos grados de los dos colegios, y no asistió ni uno solo.

Zapatoca merece ocupar un puesto de honor en el Departamento. Eso no se logra con el hecho de tener uno o dos sitios de interés turístico, ni con el prestigio de que sus habitantes son ahorrativos, ni con tener un excelente clima.

Su orgullo debe centrarse en la intelectualidad, y esa es una tarea para la cual la mente fresca de los jóvenes está mejor dotada. Pero ante todo se requiere el convencimiento de sentirse zapatoca; no importa dónde se haya nacido, sino el hecho de estar residiendo en esta ciudad, a la cual le debemos ofrecer todo lo que seamos capaces de producir.

 

Hay principios que debemos retomar para cumplir esos propósitos, y uno de ellos es el cumplimiento de la palabra. Y aquí no queremos referirnos al cumplimiento de los compromisos políticos, porque sabemos que esas palabras se las lleva el viento; y que en esa actividad lo normal es prometer y no cumplir.

Nos referimos a esa característica de nuestros ancestros que orgullosamente confiaban más en la palabra que en un documento notarial o en una declaración juramentada. Los negocios se hacían verbalmente y lo que se acordaba se cumplía.

Pero es que además, la gente por naturaleza sentía que debía ser honesta en sus actos; recordamos el caso de un ciudadano que fue nombrado síndico del Hospital La Merced y al aceptar el cargo y sin que nadie lo estuviera exigiendo, fue a la notaría e hipotecó su finca como garantía de que cumpliría bien con su cargo. Diez días después el cabildo le exigió deshipotecarla (Escritura N° 42 Febrero 15 de 1869) porque conocían su honorabilidad.

Hay mucho qué recordar de nuestro pasado y hay mucho qué imitar, sin que pretendamos ignorar que hay cosas que también debemos evitar que se repitan.

Lo que pretendemos es que la juventud que hoy se levanta rescate los valores que en los últimos sesenta años se han perdido y que sean conscientes de que es mejor vivir siendo recordados como personas ilustres por sus conocimientos y sus ideas, que ser ignorados dentro del común de quienes se conforman con supervivir simplemente.

 

EDITORIAL
ZAPATOCA, Más que un Dulce Recuerdo
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