Eunice era la mayor de las mujeres en el hogar formado por don Gumersindo y doña Petronila; corría el año de 1932. Era una familia de posiciones económica y social importantes; residía don Gumersindo generalmente en su hacienda ganadera y agrícola, con cultivos de caña y trapiche tirado por mulas, y doña Petronila con sus hijos en la amplia casa con pesebrera y solar en esta ciudad donde además atendía su tienda de ropa y chucherías.
Eunice había permanecido interna en la capital durante cuatro años, en colegio de una comunidad religiosa. Sus padres estaban felices de que hubiera regresado, pues se sentían orgullosos de que su hija estudiara en este colegio donde se capacitaba a las niñas en buenos modales, prácticas religiosas, urbanidad, prácticas de buenas cristianas, matemáticas, historia patria, geografía y sobre todo croché y preparación para ser unas buenas esposas sumisas y resignadas.
En el Colegio Santo Tomás que por la época estaba dirigido por el Pbro. Josué Gómez Parra, pues los Dominicos ya lo habían dejado, estudiaban algunos jóvenes que habían terminado su primaria en la Escuela.
Algunos de ellos ya se habían echado los largos. Al advertir la presencia de esta muchacha, ya volantona, con cosquillas juveniles y que estaba a punto de dejar las medias tobilleras, más de un muchacho de su clase le echaban pistero. Muchachos y muchachas estaban distanciados ya por costumbres, ya por el qué dirán.
Esa situación hacía que algunos no se conocieran entre sí. Uno de ellos había seguido por semanas enteras a la muchacha, cuando se asomaba a la ventana o cuando salía a la calle, lo que hacía siempre acompañada de su mamá, una tía o la empleada del servicio, que la cuidaba como perro guardián, con instrucciones de su padre de hacerla respetar de esos muchachos sinvergüenzas.
Al fin un día salió a la calle en compañía de una prima de su edad a quien el muchacho conocía, y ahí fue el momento. Se le acercó y con voz temblorosa le dijo:
~ Señorita, tengo que decirle una cosa de la que depende la felicidad de mi vida...
~ ¿Y como qué sería, señor?
~ Que si ponemos amores, que si quiere ser mi novia....
La muchacha ante esta declaración, sonrosada y alegre hasta más no poder, toma de la mano a la prima, y dando esos saltitos de colegiala como jugando al puente está quebrado, se aleja dejando al muchacho frustrado y en ascuas.
En los días siguientes se dedicó a ponerse al frente de la ventana, para ver qué conducta asumía cuando ella lo viera. Cuando se asomó, ella le hizo una tierna caída de ojos, sonrió y haciéndose la boba se metió a la casa.
Utilizando a la prima para que le hiciera cuarto, le hizo llegar unos papelitos donde le declaraba su amor, le enviaba algunos versos muchos de ellos copiados de un cancionero como aquel que decía:
"Tú no sabes mujer por qué te quiero; por qué sueño contigo en mis delirios, cual no sabes también por qué prefiero, a la rosa de amor que al casto lirio".
Ella después de esto le decía algunas palabritas y le prometía que todos los días a la cinco de la tarde se asomaría a la ventana y podrían conversar de lejitos hasta las seis, hora en que don Gumersindo llegaba.
Pero algún día llegó antes de la hora, lo alcanzó y le batió la mano en dos oportunidades sobre sus mejillas. Entró a la casa y terriblemente ofendido le dijo a doña Petronila:
~ Hay un muchacho molestando a la niña.
Por fin un día, al salir con su prima a la calle y adelantándose un poco, le dio el sí al muchacho toda tímida y mirando al suelo.
Al regreso le dijo a su progenitora:
~ mamá; tú conoces a Raúl porque un día me vio sumercé charlando con él. Es muy detallista, muy buena persona y para qué se lo voy a ocultar mamá, él me propuso amores y yo le di el sí. Sumercé dirá.
Ella le contestó:
~ No se preocupe mi hijita, que yo habré de averiguar quién es el chivato...
Al día siguiente averiguó el nombre del muchacho, sus antecedentes, si era de buena familia, serio, honesto, y si tenía buenas intenciones. Averiguado esto le dio el sí a la muchacha.
Desde entonces tuvo Raúl carta blanca y la madre los acompañaba al parque, pero todavía sin el permiso de entrar a la casa.
Días después, doña Petronila le dijo a su esposo:
~ Mijo, tengo que hacerle una confidencia; resulta que la niña me llamó aparte, toda azarosa y me confesó su relación con Raúl. Usted conoce a su papá, pues es hijo de don Nicasio, copartidario suyo; yo estoy de acuerdo con esto, pues la china ya está en tiempo de merecer, es responsable, juiciosa y está enamorada.
~ Pues será decirle que sí, mija porque así es la vida; tiene pues permiso de entrar a la casa, pero eso sí, bien vigilado...
N.R. Ahí les dejamos a las nuevas generaciones un ejemplo de cómo era la cosa antes.
¿Muy parecida a como es hoy?
