
Carmen Rosa Pinilla Díaz - Secretaria General - Centro de Historia de Zapatoca
Zapatoca se levantó en masa, como la ola más encrespada y furiosa de un mar implacable y airado contra el estúpido embeleco de la carretera. Monseñor Olano, en persona instó al pueblo a la rebelión, a la resistencia civil y a la confrontación pública, y por primera vez en su vida dirigió la palabra a su rebaño fuera del recinto sagrado.
Miles de personas se congregaban en la plaza del pueblo para escuchar de su boca la apocalíptica profecía de que tan pronto se abriera la carretera los inundarían la corrupción y el pecado. “El mundo es una miasma, un albañal ponzoñoso, una sentina repleta de pecados, un cadáver insepulto”, clamaba su voz pastoril salpicada de desmayos, pero repujada de emoción. “Zapatoca la incontaminada, la madre de tantos pastores, el semillero levítico, el orgullo de su Santidad, el Papa, perecerá ahogada por la invasión de cientos, de acaso miles de señoritas de baja calidad que se encargarán de emporcar la virtud y enturbiar el candor de esta santa tierra”.
Y para hacerle honor a su erudición y a su profundo conocimiento de los misterios de la antigüedad y de la historia, no podía faltar la cita de algún eximio padre de la Regeneración y del Concordato: “qué nos importa el progreso? ¿Acaso no señalaba con profundo acierto el sapientísimo Miguel Antonio Caro que los signos de la decadencia romana, en lo momentos del máximo esplendor de ese imperio corrupto, fueron precisamente el progreso sin límites, la riqueza desbordada y ociosa y la desmoralizadora molicie? ¡De qué sirvió la Vía Apia, sino para hacer desfilar y crucificar en ella a los primeros cristianos? ¡Abajo la carretera¡ Eran perspectivas inimaginables.
La gente avizoró la llegada de interminables caravana de buses y camiones y calculó que de cada uno de ellos saltarían miles de mujeres de mala vida. Esa tarde, al volver a sus casas, las matronas marcaron las uñas en los brazos de sus esposos, a quienes llevaban cogidos como reos en fragancia; el rosario diario se rezó con más devoción que nunca.
Esa tarde también, la única putica que había en el pueblo huyó a las afueras por temor al linchamiento. Pobrecita, ella sola cargaba sobre sus hombros el pesado estigma de ser la única que había, y que ese destino no se le había dado a elegir, sino echado encima de su cuerpo como una carga insoportable.
La castidad, la pureza, la inocencia y el candor no son factibles de alcanzar sin el espejo infame de la carne y la lujuria. Un seminarista la desvirgó, su madre la echó de la casa, el vulgo la señaló, un cura le colgó el sambenito y la pobre fue puta sin idea alguna del asunto. Un destino tan inesperado que hasta le tomó tiempo descubrir que se cobraba por ello. Durante los primeros años su lecho fue gratis.
Los versos del poeta fueron los únicos que se apiadaron de ella: “mala mujer te dicen cuando pasas, porque vendes tu amor, y las más de las veces no lo cobras, ni lo cargas en cuenta al comprador”.
Era una puta pobre y barata, con ella se iniciaron generaciones enteras de colegiales y seminaristas. Los mozos del internado se escapaban en las noches torciendo las sábanas para descolgarse desde las ventanas, e iban a visitarla en la pequeña mediagua donde vivía, al costado de una vieja casa en el último extramuro del pueblo.
En su lecho no se corría el riesgo de un mal gálico, ni de ningún otro mal, pues ella sólo reciclaba los gérmenes y los humores de un pueblo absolutamente aislado, preservado en su insalubridad. Semejante ventaja y el hecho de que su existencia permitía a los curas predicar enérgicamente contra el abominable pecado de la carne, hacían de este muchachita una pieza insustituible en el tinglado social.
Los estudiantes terminaban confesando su pecado, los días de retiros espirituales los púlpitos rugían, la pobre temblaba y moría de hambre y soledad.
La posibilidad del mal gálico vino a ser a la postre uno de los argumentos más fuertes contra la carretera. Nadie sabía a ciencia cierta de qué se trataba el dicho mal, pero las matronas se tomaban del brazo camino de la iglesia, y comentaban entre sí, aludiendo la una al marido de la otra: “Imagínate a Lucio con mal gálico, querida”;” imagínate a Pedro”, respondía la comadre.” No, Pedro no, él es muy santo, para qué; Lucio tampoco, él me tiene a mí y con eso le basta”.
Como fuera, Zapatoca optó por el ensimismamiento que le deparaba el alto promontorio donde había sido erigida a espaldas del mundo. Una arriesgada avioneta aterrizaba una vez por semana en un potrero cercano con la prensa conservadora de la capital, con cualquier encomienda de emergencia y con uno que otro acólito y se iba llevando alguna asustada novicia. A favor de esta noble causa del aislamiento se hicieron desde rogativas, hasta sabotajes, se recogieron miles de firmas y se elevaron memoriales al Papa de Roma y al Presidente de la República.
Pero a la postre, el progreso triunfó, los planos de los ingenieros civiles recibieron la bendición del gobierno central y turbas de obreros dinamiteros y peones de pico y pala sacaron a la montaña un talud por donde avanzó la temida carretera. Finalmente, un buen día, cuando ya la gente se había resignado a lo que viniera, y había acabado por aceptar la inevitable convivencia con el pavoroso e innombrable mal gálico, una rugiente “caterpilar” empujó los últimos caballones de piedra, dejando expuesto al pueblo a los peligros del mundo.
Los zapatocas vieron llegar poco a poco los camiones que reemplazaban las mulas de los arrieros, los carros de los funcionarios oficiales que acudieron a la poca concurrida inauguración, los buses cargados de nuevos batallones de estudiantes para el internado y hasta algunos despistados turistas.
Pero la anunciada y profetizada arremetida de la disolvente corrupción no llegó, ni llegaron las putas con su terrible mal gálico a cuestas, como otra plaga de Egipto. En cambio, una silenciosa y calmada mañana de abril, apenas unos días después de la inauguración, la única putica que había en el pueblo, no amaneció en el villorrio, había aprovechado uno de los camiones y se fue con sus chiros a otra parte, en busca de mejores clientes.
(Gonzalo España, escritor santandereano, de su libro “cuentos de putas alegres”, tomado de Vanguardia Liberal).
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